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Labriego de canciones

29/11/2018 El bandoneonista porteño Tomi Lebrero se presentó en la 8° edición del Festival Mamboretá Psicofolk, que tuvo lugar en Formosa, y habló con Cronopio acerca de su arte, sus influencias y sus proyectos inmediatos

“J'suis l'pornographe
du phonographe,
le polisson
de la chanson”.
(George Brassens)


En ocasión de dar una visión acerca de su estrecho vínculo con la palabra, George Brassens aseguraba: “Tengo verdadero talento para unir unas palabras con otras, pero no creo que se trate de verdadera poesía. Es una especie de habilidad, una ternura que pongo en mis canciones”. Brassens resumía en estas líneas toda su obra artística, que lo convirtió en estandarte ineludible de los trovadores anarquistas europeos del siglo pasado. Tomi Lebrero parece haber comprendido y hecho suya esta suerte de autocrítica y haberse nutrido con lo mejor de la chanson de aquellos años.
 
Lebrero nació en 1978 en Buenos Aires y desde joven fue abriéndose camino en la escena musical porteña como bandoneonista de la Orquesta Fernández Fierro. Trabajó también junto a Rodolfo Mederos presentando el espectáculo “Tango Vals Tango”, de Ana María Stekelman, además de formar parte de la banda de Palo Pandolfo.
 
Autor, compositor, guitarrista y bandoneonista, probablemente sea más acertado definirlo como “chansonnier”, una especie de artista trashumante que resignó las mieles del éxito estridente en favor de un arte colmado de verdad, honestidad y desenfado, en el que logran convivir, en una sintaxis perfecta, lo más disparatado de la expresión y la extrema sensibilidad hecha canción.
 
Ya trazando su propio camino en la música, presentó en 2005, junto a su banda, “El Puchero Mosterioso”, su primer disco como cantautor, que lo ubicó de inmediato como figura indiscutible en la escena cancionista independiente, junto a otros artistas de la misma generación, como Gabo Ferro, Pablo Dacal, Alvy Singer, Pablo Grinjot o Lisandro Aristimuño. Además, hizo música para películas, como “Toda la gente sola” (2009), “Las hermanas L” (2008) y “Upa! Una Película Argentina” (2006), y emprendió un viaje a caballo desde Dolores (Provincia de Buenos Aires) hasta los Valles Calchaquíes salteños que comenzó como una aventura personal y luego plasmaría en la horse-movie “No va llegar”, donde fue documentando vivencias con personajes pintorescos del interior argentino de los que tomaría consejos, experiencias y compartiría innumerables vivencias y canciones. “Primero iba a ser un viaje simplemente y después aparecieron dos amigos que me dijeron: ‘Che, nosotros te queremos filmar por momentos’. Y así apareció la idea de la horse-movie. Estuvo muy bueno hacer esa película. Si bien es una pequeña parte de ese viaje, documenta bastante. Salí de Dolores hasta Cachi, en Salta. Me tomó bastante tiempo, porque de pronto, dejaba los caballos y volvía a Buenos Aires, y atendía unos asuntos, como clases, recitales... Y fue como un año el viaje”, recuerda.
 
Ya con una serie de discos editados con el “El Puchero Misterioso”, encaró también, allá por 2015, el proyecto colectivo “Los Grillos del Monte”, junto a los reconocidos músicos del indie nacional Jano Seitún (“Alvy Singer Big Band” y “Los Campos Magnéticos”), Facundo Flores (“Onda Vaga”) y Martín Reznik (“La Filarmónica Cósmica”) -con quienes ya venía compartiendo escenarios-, en una suerte de comunión de los más diversos géneros y estilos, haciendo gala de una minuciosa instrumentación y arreglos de voces que invitan a un viaje sensorial único.
 
Quien se adentra a la obra de Tomi Lebrero nunca logra dar, a ciencia cierta, con su quintaesencia. De corte teatral y hasta paródico en sus puestas, a veces rozando la provocación, va descubriendo sus numerosas capas, jugando permanentemente con su alter ego. “Yo quisiera que haya más facetas. Creo que uno debería ser como un alcaucil, en el sentido de que la esencia de uno es el centro y va sacando determinadas capas: una hoja de provocador, otra de un artista sensible, otra de humorista o de bufón, otra de un tipo rústico o la de un virtuoso. Yo trato de abarcar la mayor cantidad de personalidades. Me interesa -si estoy en una tónica muy sensible- poder saltar de modo random a otra. Y descolocar. Me interesa tener una paleta amplia de diferentes tonos actorales”, se define.

Lebrero es un trovador nato, un labrador insaciable de la palabra con una sensibilidad superlativa que persigue la honestidad más enraizada del cancionero popular. “La creación es un proceso rápido, inmediato, como trabajar el vidrio a cierta temperatura; a diferencia de la alfarería, que puede llevar más tiempo; o levantar paredes, donde hay que esperar a que se seque la base para levantar el resto. El fenómeno de hacer canciones es como más veloz y en estado de trance; debe hacerse rápido”, asegura.
 
Casi alimentando su espíritu aventurero y trotamundo, por aquellos años guardó un puñado de canciones y emprendió una gira por Japón, junto al violinista ruso Alex Musatov, que decantó en sus discos “Live! En Tokio” y “Tomi´s Umeboshi Addiction Band”, permitiéndole seguir visitando ese país asiático en numerosas ocasiones.
 
“La comunión de la palabra con la musicalidad es lo más importante para los cancionistas”, nos aclara. En esta suerte de vitrofusión que resulta para él la composición de canciones, suele ser un niño inquieto y maravillado por el detalle, en una obra testimonial que va desde el lirismo más sensitivo al desparpajo, la provocación y la algarabía teatral.
 
A cierta hora del día, parece no haber alma más libre que la de este artista, ni más atormentada por sus propios demonios, como reescribiendo “El Horla” de Maupassant que refiere en su obra. “A veces, lo anecdótico lamentablemente tiene mucho de realidad. A veces la ficción y la realidad están conviviendo. Por momentos me minorizo, por momentos el personaje que aparece soy yo, pero después me convierto en un hijo de puta y voy como recubriendo mi propio yo de mierda. Y a veces al revés, me angelizo, me muestro copado… como construyendo una ficción, a veces con personajes más lejanos y a veces el personaje soy yo. Obviamente la realidad es una inspiración increíble”, confiesa.
 
Así como vastos son los estilos y géneros musicales explorados por Tomi Lebrero, también lo es su producción. Acaba de lanzar “Doce” en el mes de octubre, una serie de 12 discos presentados de a uno por mes durante un año. Se trata de un proyecto sumamente ambicioso de unas 160 canciones que compuso a lo largo de los últimos 5 años. “Es un riesgo en el sentido de que hay mucha puesta de material, mucho trabajo. Y uno siente que tiene algo de novedoso y se particulariza en un momento en que hay tantas propuestas artísticas. Hay muchísimo material con el que yo podría decir: ‘Bueno… con esto estoy toda mi vida’, tipo Prince, que puso todos sus temas en una caja fuerte y los iba sacando. Yo podría haberlo hecho. Sin embargo, elegí algo un poco más arriesgado, como esos artitas de circo que sacan la red y se tiran. Bueno. Voy a sacarlo todo y después pensar qué ocurre al final de todo el proceso y de llegar como a foja cero”, nos dice con cierta ansiedad.
 
También dicta talleres de composición de canciones, cuyas experiencias a lo largo de estos años proyecta plasmarlas en un libro, pronto a editarse. “Hace unos 10 años más o menos, comencé a dar, con mi amigo Jano Seitún, talleres de composición que eran algo bastante novedoso. Al principio, elaboramos un método, con algunas experiencias previas en talleres literarios. Y fue una experiencia hermosa. Diez años de gente transitando por mi casa. La actitud crítica a veces puede llegar a ser inhibitoria; pero si sabés aprovecharla, te puede ayudar a crecer mucho. Para mí también es un gran crecimiento. Nutrición directa”, reflexiona.
 
Hay una prisa en Tomi Lebrero por el decir, un deslave incontrolable de emociones que transmuta en milonga, carnavalito, rap, tango, cuarteto, cumbia… una vasta conjunción de géneros que aborda desde el costado más lúdico pero no menos honesto. Una bitácora de viaje que retrata el universo telúrico de que se alimenta sin desmayo. “Y si el mundo se acaba hoy mismo, yo quiero estar haciendo lo mejor…”, repite incesante, ignorando acaso que ha logrado mucho más de lo que su cuerpo aún dormido le ha permitido en cada trazo, cada nota, cada canción.

Washington


LEBRERO POR LEBRERO 

EL HUMOR 

“Para mí, el humor, como dicen, es algo muy serio. Me interesa mucho. Hay una tradición chica del humor, o quizás está más ligado a lo chabacano. No es lo que me interesa. En el palo del rock o el folklore, lo que está ligado al humor es un poco menoscabado. De todas maneras es un riesgo, porque uno está jugando con el sentido y a veces despierta antipatía, porque el humor justamente desenmascara. Es una forma de patalear y mostrar ciertas cosas desde otra óptica. La bajada de línea directa o demasiado comprometida me parece más densa, yo prefiero más el vehículo del humor y sugerir más de una forma indirecta. Una manera de metaforizar los mensajes de una forma más solapada. La risa es la cosa más saludable que existe. Sobre todo si se despierta desde lo inteligente, lo que Beckett llamaba ‘la risa de los dioses’. Pero tiene cierto riesgo, porque a veces no es muy aceptada la convivencia del poeta lírico y el cómico. Por eso es riesgoso. De todas maneras, hay algunos loquitos con el switch más rápido que los asocia sin problemas”. 
 
INFLUENCIAS

“Desde chico oía mucha música, con hermanos mayores muy melómanos… con bandas como Los Stones, Los Beatles. Después vienen los artistas nacionales… Charly, Fito, Spinetta. Y después, más hacia la adolescencia, aparece Piazzola, que me abrió al tango y también al folklore. Por otra parte, yo también iba mucho al campo y tenía mucho amor por lo telúrico natural. Después también vino el jazz… Todo eso lo escuché mucho y aún lo sigo escuchando y sigo atento. Pero a la vez, uno no se alimenta sólo de esto. En este momento, por ejemplo, que estoy trabajado constantemente con música, después a la noche escuchar música me cuesta. Entonces, la lectura u otras artes son fuente de nutrición también muy importantes. En este momento, por ejemplo, el uruguayo Mario Levrero es una influencia muy cercana. Hace poco estuve leyendo a Beckett, Kafka… Digamos que me gusta mucho la literatura universal. No estoy en este momento leyendo autores actuales. Me interesa mucho la gauchesca también. Y bueno, Borges… O Juan L. Ortiz en lo bucólico. De la gauchesca me llama mucho la atención el dispositivo desde donde se trata, digamos ‘los intelectuales hablando a través de gauchos desde lo teatral’. Después… Leónidas Lamborghini, con su ruptura de la cosa elegíaca de la poesía, que es lo que también persigo en mi obra. Yo creo que la literatura en la parte letrística -que me interesa mucho- es fundamental”. 

POLÍTICA Y RELIGIÓN

“En general, trato de evitar en mi arte estas cuestiones de manera directa, porque no es como mi metier. Desde ya que me interesa mucho, pero trato de desligarlo de la obra. Lo religioso lo abordo con mucho respeto. Yo fui formado en un colegio de curas y creo que hay mucha gente que tiene mucho entendimiento en esto. Más que el lugar de la apostasía, me gusta más acercarme desde el cariño y el entendimiento. Yo noto como que muchos artistas se acercan desde el lugar: ‘Hola, el apóstata’. No es eso lo que me interesa”. 
 
POR DÓNDE COMENZAR A ESCUCHARLO

“No lo sé. Porque todo reside en el receptor. Hay gente a la que le es más fácil entrar por el lado más lírico, otra entra más por el lado del provocador. En definitiva, creo que ustedes se pueden armar su propia playlist”. 

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