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Las venas abiertas del barrio Qom

08/11/2018 La crónica de un barrio con victorias y desaciertos. Las marcas del pasado en el presente, la paciencia como virtud y las urgencias que esperan.

CRÓNICAS DE BARRIOS

Por: Daniela Carrizo (periodista)
y Ramón Maldonado (reportero gráfico
)

Ubicado al margen izquierdo de la ruta 11, saliendo de la ciudad, se encuentra la comunidad Qom. Un barrio que nació en la década del ‘70, a partir de una demanda colectiva de un territorio para el pueblo toba. Así lo cuenta Juan Caballero, uno de los primeros en reclamar -y en habitar- el lugar para “los suyos”, según dirá. Despacio y mimetizado con la paz que caracteriza al barrio, relatará su historia y los primeros pasos del Namqom. 

“Yo soy del 40, nací en la zona de atrás del Regimiento y a los dos días, falleció mi madre y me crió mi abuelita. En ese tiempo la gente andaba de aquí por allá, nómades que le dicen. Va al campo, al oeste, a la comunidad La Primavera y la gente va desapareciendo”, describió el pasado Don Caballero, sin dar importancia a los tiempos verbales. En ese entonces, no hablaba ni un poquito el español, cuenta. 

"Un tiempo viví en La Primavera, cuando la comunidad toba vivía sólo de la pesca. Vino un pastor evangélico y reunió allí a la gente, y distintas familias nómades se concentraron allí. Pero luego, la comunidad se dispersó",siguió Juan. Así, con idas y vueltas, llegó al puente Riacho Formosa donde vivió largo tiempo con varias familias: “Mucha gente vivió en el puente. ¡Cuánto sepulcro hay ahí!”, exclamó.

“¿Cómo llegaron al barrio?”, interrumpió esta cronista sin controlar la ansiedad. “Ya te voy a contar”, contestó Juan sonriendo con la mirada. La calma es una característica del Namqom que se siente en la gente, en el aire, en el ambiente; y se transmite. La naturaleza allí se impone entre las construcciones, ganando en presencia. Se respira distinto, se respira paciencia. 

“Patricio Kelly era el ministro de Bienestar Social. Hicimos una reunión y fuimos a pedir tierras para nosotros. Fue en el ‘72. Fuimos y hablamos con él. Yo era el secretario y Lucio Rodríguez era el referente, el cacique, podemos decir. Después de algunas reuniones, el doctor Kelly nos avisó que nos consiguió este terreno, cerca del surtidor. Y vinimos. Llevamos nuestros siete ranchos en el árbol que está en la entrada. Eramos siete familias, y monte, todo monte”, relató. Mientras éste hablaba, su esposa Feliciana, aprobaba con la cabeza cada frase.

En cuanto a los primeros...“Merele, Ocampo, Torales, Vega, Burgos, Gómez”, interrumpió su esposa. “Sólo quedo yo, todos fallecieron, se fueron”, dijo Juan y expresó: “Yo siempre quise que los míos tengan lugar aquí. La gente vivía en Pastoril, Riacho Pilagá, Gran Guardia, siempre cambiándose de lugar. Pero ahora no existe gente en aquellos lugares”. Misión cumplida. 

Con el tiempo, fueron apareciendo más vecinos a escena, subsistiendo primero, en hogares precarios: las mujeres vendiendo leña, cargándola en el hombro hasta el centro de la ciudad; y los hombres, cazando un ñandú y vendiendo la pluma. Esa era la changa. Abundaba el ñandú en la zona; ahora, no funcionaría. Con los años, marcaron el terreno, se hicieron las calles, y más luego, llegaron los servicios. Se hizo barrio. 


Marcas del
presente


Hoy, en el Namqom no sólo viven originarios, sino también criollos. Los vecinos dirán que se avanzó -entre otras cosas- en materia de discriminación. “Era duro. No sé qué pensaban los criollos que no nos dejaban ni estar en los lugares. Nosotros también queríamos salir a bailar, divertirnos. Eso era difícil, nos echaban”, recordarán algunos. Don Caballero mencionará las “tomadas de pelo” por las que tuvieron que pasar, antes de tener un lugar: “Como cuando nos mandaron a Buenos Aires en un colectivo, a exponernos como bicho raro y cagarnos de hambre”, ejemplificó.

El Namqom alcanzó un gran nivel de desarrollo y en la actualidad tiene una escuela, un centro de salud, comedores, un club de rugby, un merendero comunitario, algunos kiosquitos ante la falta de comercios, carnicerías y almacenes. Hay centros de capacitación en oficios, una canchita y espacio de juegos, una capilla y varios templos evangélicos. Además, hay un montón de viviendas “empalizadas” (cercadas con palo de palma) pero también, zonas de ranchos precarizados. 

El barrio es grande, pero según un viejo reclamo por tierras que fueron “arrebatadas” para la construcción de ciertas obras, debería ser más extenso. Aún así, hoy está lejos de representar esa primera imagen de las casillas en torno al árbol, de la dificultad para hablar en castellano, de la caza para la subsistencia.


De los caciques
a los punteros


Hoy en día no existen caciques en la comunidad, y todo ese sentido de unidad -según explicarán unas vecinas- se fue perdiendo. “Hoy lo que hay son punteros políticos que funcionan presionando. A veces, te dan mercaderías a cambio. A veces, nada”, dirán. Vale mencionar: al menos dos camionetas circulan por las calles del barrio desde la siesta llevando cajas de mercaderías que -según dijeron- sólo les llega a algunos. “Pero tenés que ver lo que hay. Pasta y eso ni de segunda, sino de última calidad. Muchas mercaderías llegan vencidas”, comentaron.

El alimento es -en primer lugar- una condición de subsistencia. La buena alimentación, de salud. Pero cuando el alimento falta, la salud pasa a segundo plano. En el Namqom, hay familias vulnerables que caminan metros y metros por la última calle, hasta el basural, para alimentarse. 

“No hay trabajo”, responderán muchos. Por más changas que busquen, por más educación que ahora tienen -dicen-, está difícil la mano. “Algunos se rebuscan reciclando la basura: venden plástico, metales, hierros, todo por moneda. Lo juntan de la basura, y de la basura, también, comen”.


Intaunaga

Desde hace diez años, las hermanas González sostienen a pulmón y con el aporte de las personas solidarias, el Merendero Intaunaga (“Ayuda a ayudar”). Comenzó, según cuentan, a partir de una necesidad visible, “con una ollita chiquita a leña y torta frita”. Hasta que Facebook les permitió dar a conocer su accionar y creció la ayuda. 

Hoy son alrededor de 50 los niños y niñas que van a merendar, y a jugar, porque como bien lo cuentan Emeliana y Esther, el merendero es también un espacio de contención. “En el momento que están acá, hora, hora y media, juegan, se alejan de la calle, de los problemas. A veces se llena de chicos el patio, están nomás jugando. Son chicos vulnerables, que están en la calle, muchos no tienen contención familiar. Empezamos hace diez años y los grupos fueron variando, no son los mismos”, comentaron. 

Si bien “los chicos no hablan mucho”, las hermanas que nacieron en el barrio hace más de 45 años, conocen las distintas realidades, las perciben.
En cuanto a los días, dijeron, dan hasta que se les acaba. “A veces llegamos toda la semana, a veces, hasta el jueves, hasta el miércoles, y así”, dijeron. Dependen de lo que dona la gente. Reciben leche, azúcar, yerba, harina, grasa o aceite para la torta frita. Si reciben carne o verduras, ahí nomás cocinan. Lo que llegue, les sirve. 

Algunos fines de semana, realizan actividades organizadas por voluntarios o asociaciones, y en vacaciones, Emeliana que es docente jubilada, brinda clase de apoyo para mantener ocupados a los chicos, y frescos.


“La falopa los
tiene perdidos”


Esta posibilidad, espacios como este merendero, son una alternativa rápida a una problemática que atenta y devora a la adolescencia y, ahora también, a la niñez de la comunidad qom: la droga. No es secreto, la mayoría de las mujeres del barrio lo dice; y se ve en la calle: jóvenes fumando marihuana, niños menores de 10, caminando, perdidos. “La falopa tiene perdidos a los chicos, jovencitos”, dirán algunos vecinos preocupados. La problemática más visible, y más urgente.

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