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“Sentirás más”, porque amarás más y eso te permitirá continuar

25/09/2018 La obra de teatro en la que participan estudiantes de cuatro escuelas logró una mirada de la realidad, a sala llena. Spoileate pero no dejés de asistir el 1 de octubre que hay una nueva función.

El proyecto “Compartiendo Espacios” cumple cuatro años de trabajo entre docentes, estudiantes y colaboradores del Colegio Privado Espacios y las Escuelas Especiales Nº 5, 7 y 12, y lo celebró con la puesta en escena de la obra de teatro “Sentirás más” en el Teatro de la Ciudad. Una metáfora de la vida. La solidaridad como oxígeno. La otredad como entelequia que se materializa. Un llamado de atención, pero también una esperanza, con el amor como búsqueda, como destino y como for­ma de vida. La obra logra sintetizar todo eso y alzar su propia voz, una voz que queda absorbida por lo que se dice, integrada en lo auténtico.

Una obra que, en su delicadeza, sabe problematizar el tema de la identidad. Un yo cambiante, inaprensible como la propia realidad, según veremos después, que se tuerce, que se escapa, que a pesar del esfuerzo siempre está incompleta. A oscuras ingresamos al teatro, con los ojos vendados como casi siempre (como tantas veces), y allí, en medio de una tormenta, ellos se buscan: “¿Dónde estás?”, “Aquí estoy”, “¿Dónde?”, “Acá estoy”, “¿Y mis margaritas?”, “¿Dónde estás?”.

De pronto, un último rayo que corta por momentos la lluvia y una voz que te pide retirar las vendas de los ojos y sentir más. Quizás, se hayan sacado alguna más que el trozo de tela que se pusieron al ingresar a la sala llena del teatro. 

Un yo y una realidad difíciles de entender, pero que están ahí. ¿De quién más puedo hablar cuando estoy solo? Hay un camino, el de dos adultos, hecho de margaritas. Un camino que se recorre y se encuentra y los encuentra. 

Espacios vacios. ¿Para qué estamos viviendo?, se pregunta sobre el escenario. Lugares abandonados. ¿Alguien sabe para qué estamos viviendo?, repite. Cualquier cosa puede pasar. Estoy doliendo de ser libre, ser amado, ser simplemente feliz. Tengo que encontrar las ganas, tengo que encontrar las ganas porque el show debe continuar.

La soledad en medio de la multitud, el reconocerse individual y colectivo. El mundo que pasa, que rodea y que insiste, y ellos en el medio. La tormenta detrás. Ellos que se buscan en metáfora de encontrarse a sí mismos. A pesar de todo. 

De pronto, el dedo que acusa se hace marea. Insiste acuciante. Se cubre el rostro porque el dedo que acusa nunca muestra su cara. Porque no puede, por cobarde. Pero son muchos, demasiados, y ella huye, alto, un poco más alto, pero los dedos la siguen. Manos enfundadas en guantes blancos con cuerpos negros. Desde arriba, grita “basta” y cae. Un canto. Un llamado de atención. Para no dejarlos (ni dejarnos) solos. Porque el joven (el niño, el adulto), a veces, no resiste. 
 
El lenguaje se comprime hasta que nos enseña las cosas de otra manera, hasta que le confiere más vida a la vida, conectándola consigo misma. El “moviendo las caderas” irrumpe y cambia la escena desde el escenario y el público se entusiasma y baila. El ritmo hipnotiza, porque la fiesta hace olvidar que detrás nos seguimos buscando. Ahí saltamos, reímos. Ahí saludamos. Ahí, nos hacemos movimiento. Ahí, la reparación de la risa compartida. Ahí contagiamos la posibilidad de la esperanza. 

Hay un camino, el de dos jóvenes, hecho de margaritas. Un camino que se recorre y se encuentra y los encuentra. Otra vez. El juego de tensiones entre lo que crece hacia el interior y a la vez tiene la razón de ser en un exterior, lo que sirve para fijarnos a lo sólido y lo que busca lo abierto, el origen y las causas, todas esas posibilidades de sentido.

Está también el dolor sobre el escenario, tras los golpes que vienen de lugares que ni siquiera conocemos. Y vienen todos juntos. Y se repiten. Y sangran en tiras de tela roja. Y nos dejan, exhaustos, en medio del suelo. Sin la capacidad de levantarnos, pero sobre todo, solos de nuevo. Pero si te había visto, y estábamos juntos. Incluso, cantamos una canción, pero la realidad vino con la fuerza de vendaval y nos golpeó donde dolía. 

Huyen, no obstante, de la conmiseración y el drama. En ese mismo lugar, creció algo, en espejo, como esos dos jóvenes que colgados de la tela se miraban. A escasos metros del suelo con otros dos sosteniendo desde abajo, por las dudas, por si acaso necesitáramos apoyo. Después subirá otra joven y hará acrobacias mucho más arriba, como desafío al miedo, como afrenta a quienes dicen que algo no puede lograrse. Pero sobre todo brindando una belleza nueva, otra intensidad. Los límites que uno traspasa y no puede volver atrás. La audacia de recrear el mundo en dos telas y el valor de la fugacidad late, llegándonos a decir que “sólo tengo interés por el instante”.

Y ahí están ellos de nuevo, buscando, desencontrándose. Inten­tan­do que no se los lleve la marea de gente. En ellos es palpable esa humanidad y la emoción crece sin patetismo. “¿Dónde estás?”, “Aquí estoy”, “¿Dónde?”, “Acá es­toy”, “¿Y mis margaritas?”, “¿Dón­de estás?”. “Acá estoy”. De a poco, los vemos sacudiendo el hielo indiferente que nos acoraza. Si les pasa algo en la calle, o en cualquier otro lugar, ojalá los vean. 

La posibilidad de encontrarse viene sobre ruedas, porque esta obra versa básicamente sobre el amor. Ese que todo lo cura, todo lo trasciende. Hay cuestiones sobre el amor que no pueden ser, cosas que se rompen con amor o cosas que duran toda la vida por él. Y como lo hacemos nosotros, tampoco es perfecto, pero es necesario, es íntegro, es dejar ser a ese otro, tan distinto y tan igual. Es poder verlo. 

Hay un camino, el de dos niños, hecho de margaritas. Un camino que se recorre y se encuentra y los encuentra. Pero esta vez, los abraza. Siempre la vida continúa. Más allá de los tropiezos. Más allá de la felicidad. Incluso, más allá de las tristezas. Y eso es lo importante, más allá de todas las dificultades que podamos tener al otro día, levantarse y seguir adelante es obligatorio. Como esos dos jóvenes, ahí, arriba del escenario, que se miran de frente y se dicen “te quiero”, para luego preguntar “¿Dónde están mis margaritas?” y reconocer que las posibilidades de un nuevo comienzo las tiene cada uno. Es que en “Sentirás más” todo es una analogía; sin embargo, ellos saben que la mejor metáfora para la vida es vivirla. 

Por Yamile González

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